Francesco d’Assisi, más conocido por nosotros como Francisco de Asís,  fue sin duda alguna un iluminado.
Fundador de la Orden Franciscana, surgida bajo la autoridad de la Iglesia Católica en la Edad Media, de ser hijo de un rico comerciante de la ciudad, en su juventud, pasó a vivir bajo la más estricta pobreza y simplicidad, en comunicación y armonía perfecta con todos los seres sintientes de este planeta.
La historia de Francisco cuenta que un día salió a dar un paseo y entró a rezar en la vieja iglesia de San Damián, fuera de Asís. Y, mientras rezaba delante del Crucifijo puesto sobre el altar, tuvo una visión de Cristo crucificado que le traspasó el corazón, y sintió que el Señor le decía: “Francisco, repara mi iglesia; ¿no ves que se hunde?”.
Francisco restauró físicamente la iglesia de san Damián, pero sobre todas las cosas, fijó nuestra vista en la gracia y la maravilla de la creación.
En su día lo saludamos y compartimos su más popular oración.
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
donde haya odio, que yo lleve el amor,
donde haya ofensa, que yo lleve el perdón,
donde haya discordia, que yo lleve la unión,
donde haya duda, que yo lleve la fe,
donde haya error, que yo lleve la verdad,
donde haya desesperación, que yo lleve la esperanza,
donde haya tristeza, que yo lleve la alegría,
donde haya tiniebla, que yo lleve la luz.
Oh, maestro, haz que yo nunca busque
ser consolado, sino consolar,
ser comprendido, sino comprender,
ser amado, sino yo amar.
Porque es dando como se recibe,
es perdonando, como se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna.