Me regalaron esta película y debo confesar que los primeros quince minutos me costaron.
Entonces apliqué el predicamento que tengo con los libros, y es el de darle una oportunidad al autor, al menos hasta la página veinte, que imagino en el caso de una película, podría equipararse a los primeros quince minutos. Agradezco haberlo hecho, pues la historia realmente comienza cuando ya hemos conocido perfectamente a los personajes;  tanto a la insufrible niña como a la magnífica portera, y a todas las personas que se alojan en el elegante edificio de la calle Grenelle, en París, incluído el tercer protagonista, Kakuro, el japonés que porta el punto de inflexión en la narración.
Quienes critican la cinta, basada en la novela  La elegancia del erizo (L’Élégance du hérisson), que no he leído, pero pienso leer, argumentan que el libro constituye en sí mismo un material de difícil adaptación, pues está lleno de silencios, gestos y  miradas que degustar. Y probablemente tengan razón, pero eso pasa con casi todas las adaptaciones que llevan la literatura al cine, en las que se genera un abismo entre un lenguaje y otro, pues las imágenes cinematográficas sólo pueden dar destellos de la belleza que una obra literaria posee. Es verdad que eso duele, y entiendo a los detractores que no son pocos. Sin ir demasiado lejos, me pasó lo mismo con Emma, de Jane Austen, pero viendo el otro lado de la moneda,  si no se hubiese hecho esta versión, quizás muchos de nosotros jamás hubiésemos tenido noticia de la novela de Muriel Barbery.
Así las cosas, y llena de símbolos que se van develando, la película habla de los encuentros y desencuentros entre algunos de los habitantes de un elegante edificio en París, tejiéndose una trama de historias mínimas que lentamente atrapan, de menos a más: la de Paloma Josse, una niña de once años, que bordeando su adolescencia tiene un plan secreto, y filma y juzga todo a su alrededor; la de Renée Michel, una portera discreta y solitaria, que bajo su apariencia desaliñada y arisca oculta en realidad gran belleza interior, y la del enigmático señor Kakuro Ozu, un japonés que acaba de mudarse al edificio, propiciando el encuentro de almas, para hacernos  descubrir, como en Amelie, la belleza de las pequeñas cosas, en una renovada mirada de la vida.
Mona Achache. Le hérisson. Francia, 2009