Hermes

 

En Paras, a cambio de una moneda de cobre, a los enfermos que consultan con Hermes se les dan respuestas oraculares por medio de las primeras palabras que oyen casualmente al salir de la plaza del mercado.

Robert Graves, “Los Mitos Griegos”

 

Hace un tiempo, cuando terminábamos nuestra primera sesión de “brainstorming” con Mónica (cuyos resultados se pueden ver en el nuevo sitio web), el reloj marcaba las 20 horas, 20 minutos…

Dado el contexto ¡Era una sincronicidad curiosa! Una pregunta surgió, espontánea: ¿Arcano 20, desde lo femenino y lo masculino?. Pensé en el Tarot Mítico de Liz Greene y en las imágenes asociadas a los arcanos 2 y 20. En la primera vemos a la diosa Perséfone, y en la otra a Hermes Psicopompo:

Ambos muestran el resultado de un proceso. Ella era una doncella inocente (conocida como la Koré). Luego de ser raptada y desposada con Hades, se transforma en la reina del Inframundo, una mujer realizada. Hermes, antes de ser un Psicopompo (conductor de almas), era un trickster (un engañador astuto). Liz Greene reserva para este aspecto el arcano 1, el Mago:

Ambos, desde una perspectiva junguiana, son símbolos muy poderosos de relación con lo inconsciente. No los miraremos bajo una perspectiva “psicoanalítica”, sino simbólica: como expresiones de ese reino que vive dentro y fuera del ser humano, donde se alojan sus impulsos, sombras, virtudes, ideales y potenciales más grandes. Como es inconsciente, no podemos “verlo”. Solo percibirlo a través de imágenes o símbolos hechos conscientes. En las figuras, tanto ella como él, están en el mismo lugar (el portal al Inframundo). Una es llevada a ese lugar con el propósito de madurar, el otro gana el derecho de entrar y salir de él. Y adicionalmente, puede indicar a otros la salida.

Hermes, dios del vínculo esotérico

Si bien Apolo es el dios tradicional de la profecía (y venerado en el santuario oracular de Delfos), todas nuestras disciplinas esotéricas provienen del ingenio, la creatividad y la transversalidad de Hermes. Es, en cierto modo, nuestro “santo patrono”. Guía, trae mensajes (en cualquier forma), conduce, enseña. Es, según Homero, el “mas amistoso de los dioses con los hombres”. En el mazo del Tarot Mitico, Hermes Psicopompo (sus muchos nombres se asocian a distintos atributos) comparte con Perséfone el arquetipo numérico “2”, cuyo significado (entre otros conceptos asociados a “dualidad”) es Vínculo. Es lo que exploraremos aquí, ya que las disciplinas esotéricas son vinculantes: construyen puentes entre Espíritu y Materia, entre Cielo y Tierra, entre maestro y discípulo, entre terapeuta y terapeado (Hermes tiene cierta relación con Asclepios, el dios de la sanación, a través de símbolos similares: el caduceo y la vara), entre el Ego y el Self.

Parafraseando a Jung, “invocado o no, el dios Hermes está presente” en cualquier relación donde estén involucradas las disciplinas esotéricas. Si no lo está, difícilmente funcionará cualquier sistema simbólico que utilicemos en nuestro quehacer esotérico. De acuerdo con el analista Rafael Lopez-Pedraza, Hermes es un dios de consciencia “borderline”, de frontera. Por lo tanto, su aparición nos lleva a esos estados propios de su reino. Es ahí, sin duda, donde nos prueba. No olvidemos que es el Trickster olímpico, el Mago.

Es también dios del intercambio, ya sea espiritual (como mensajero entre dioses y hombres) o material (como dios del comercio). Eso incluye sus sombras (por ejemplo, el mago negro engañador, o el empresario estafador). En el mercado esotérico esto se encuentra muy presente. Es el constante reclamo de muchos buscadores y consultantes: la abundancia de “maestros”, “iluminados” y “técnicas” rápidas, livianas (como Hermes alado) y mentirosas (como Hermes mago), cuyo objetivo es el lucro económico (como Hermes comerciante).

El Lado Oscuro

No es aventurado decir que, tanto en lo individual como en lo colectivo, estamos inmersos en el lado oscuro de Hermes. La primacía del comercio y lo económico también se aprecia en el cada vez más grande “mercado esotérico”. Y ninguno de nosotros puede sustraerse a ello. Esta situación general es, ciertamente, un fracaso en relacionarnos adecuadamente con nuestro “santo patrono”. No sabemos establecer vínculos sanos con nuestra profundidad, con el dios que habita en ellas. Por lo tanto, manifestamos hacia fuera vínculos insanos de todo tipo (desde las neurosis y narcisismos privados hasta las estafas piramidales públicas). No tenemos un verdadero “intercambio” (ni con nosotros, ni con otros), un vínculo sano. Tenemos “comercio”.

El Vínculo hermético

Exploremos ahora la idea de Vínculo en el encuentro con el otro. Por de pronto, Hermes comparte el atributo de las alas con otro dios del vínculo: Eros. Citaremos de nuevo a Jung: “el encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”. Siendo un gran erudito esotérico (cosa que no gusta a muchos de sus seguidores formales), al atender a sus pacientes Jung nunca perdió de vista la presencia del dios de las triquiñuelas. El principio de Sincronicidad es, en esencia, “hermético” (Hermes es el dios de este principio), y Jung lo captó gracias a las experiencias con sus consultantes. Dado que Jung poseía un fortísimo trabajo interior, podía descender a los inframundos de sus acompañados sin perderse allí, porque no se había perdido en el suyo (aunque ese aprendizaje provino de muchos errores en la práctica). Solo después de aquello, Hermes se le reveló como el dios de la transformación alquímica.

Muchos de quienes leen estas reflexiones son psicólogos, intérpretes de mancias o terapeutas energéticos. Aunque sea algo reduccionista, llamaré a todas estas disciplinas como “procesos de acompañamiento”. Las entenderemos como el “encuentro entre dos totalidades”, el encuentro entre dos fuentes potenciales de energía psíquica: el acompañante y el acompañado. Debería existir un proceso paulatino de “encuentro”, de inicio de un vínculo. En algunas prácticas de acompañamiento es un período largo (psicoterapia), en otras se limita a un encuentro (consulta de mancias). Simbolizaremos el “nacimiento” de una relación de acompañamiento en la formación de un símbolo geométrico llamado “Vesica Piscis” o “Mandorla”, símbolo tradicional de interrelación, tal como vemos en las figuras A y B:

Obviamente, desde el momento en que estas dos totalidades se encuentran, nacen una serie de deberes y derechos por parte de ambos. Que este encuentro pueda avanzar mas allá de la figura B depende de muchos factores. Por ejemplo, el impacto por el aspecto físico, el género o la forma de expresarse, llegando hasta los prejuicios mas inconscientes. En el caso del Acompañante, esto debería manifestarse en los aspectos éticos que derivan de su trabajo interior, pudiendo incluso llegar a reconocer la imposibilidad de acompañar a una persona.

Podríamos simbolizar esto en la dificultad o la imposibilidad de que la Vesica Piscis pueda crearse. Con ello no nace la línea de conexión entre los “centros” de Acompañante y Acompañado. Muchos de quienes leen estas líneas (ya sea como terapeuta o paciente) deben conocer la experiencia. El Acompañado piensa que “el terapeuta no sintoniza conmigo” o “no avanzo con este terapeuta”. El Acompañante no puede “leer” la mancia que utiliza o se visualiza bloqueado (“las cartas no me hablan”).

Este proceso tiene dos alternativas. Puede quebrarse (y el proceso de acompañamiento termina), o puede ocurrir algún fenómeno numinoso (sincronístico) que permita hacer fluir la energía hacia un nuevo estado (figura C mas abajo). Acá también se impone el trabajo interior del Acompañante y su experiencia terapéutica, tanto en la destreza en el manejo de situaciones complejas en su consulta, como en la habilidad para reconocer los símbolos que emerjan (ya sea por intuición propia o sincronicidades). Todo esto requiere no solo talento y habilidad innata, sino mucha preparación intelectual, emocional y de “terreno”.

Vesica Piscis

Podemos simbolizar el establecimiento de un vínculo sano a través de la formación de una Vesica Piscis completa (figura D):

La Vesica Piscis completa equivale al establecimiento de un “Themenos”, un “lugar sagrado”. En este, ambos participantes están simétricamente relacionados, en un plano de diálogo fecundo. En este Themenos se hace posible el emerger del Eros y el Logos que posibilitan la relación sanadora y de guía. Esta Vesica Piscis terapéutica es un lugar fértil para la manifestación de lo numinoso y los fenómenos sincronísticos. Jung entendía la relación terapéutica como una reconexión con lo numinoso.

Sin embargo, este vínculo está lejos de ser una estructura estable o rígida. Es dinámica, y el vínculo en un plano de igualdad (línea horizontal) puede derivar hacia uno de dependencia y sumisión del acompañado frente al acompañante (línea vertical). Una relación de dependencia que puede transgredir toda línea ética. Dependiendo de las condiciones, el acompañante debería alentar la independencia psicológica y espiritual del acompañado para mantener una relación sana. El poder de manipulación, el carisma, la voluntad de dominación y la fama son características sobre las cuales toda tradición esotérica ha advertido. Son tentaciones y pruebas en el camino de cualquier “guía de almas”. Fértil terreno de activación de la Sombra. En especial, las habilidades psíquicas para ganar adeptos (y adictos). Si hay algo que las tradiciones esotéricas nos han enseñado, es que una persona altamente psíquica no es necesariamente una persona espiritualizada. Y al revés, una persona muy espiritual no necesariamente posee habilidad psíquica. Si la posee, es en función de su propósito o misión.

En esa Vesica Pisicis que se crea, se despliegan todos los fenómenos que la Psicología llama de transferencia-contratransferencia. Parafraseando a Jung, en cualquier proceso de acompañamiento (sea de largo aliento como la consulta psicológica, o unitario como la consulta a una mancia, cada uno con sus características propias), hay al menos cuatro personas en la mesa de trabajo: lo que se ve y lo que no se ve de cada participante (figura E mas abajo).

Es responsabilidad del Acompañante mantener esta estructura equilibrada, dentro de lo posible, dada su dinámica incierta. La psicoanalista Donna Orange esboza una verdad que también es válida para el acompañamiento esotérico: “hacer sentido juntos”, tal como se simboliza en la figura F:

En resumen…

Estas primeras reflexiones no pretenden definir códigos o “dictar lo que está bien o lo que está mal”. El quehacer esotérico, al involucrar al mundo interno, encierra una gran dosis de subjetividad. Por lo tanto, siempre hay una mirada individual que es necesario considerar y respetar. Sin embargo, es solo una parte del espectro.

Hay también mucha objetividad en este quehacer. Hay ciencia detrás, no solo “inspiraciones o intuiciones” provenientes de tal o cual entidad. La falta de objetividad en el quehacer esotérico ha derivado en una espiritualidad “hippie” y sentimentalona, capturada por lo oracular. Es por eso que ha fracasado en su intento de plantearse como una alternativa cultural seria que logre cambios en el mundo. Hoy en día, el esoterismo vive de las migajas que caen de la mesa de la ciencia (neurociencia, física cuántica, psicología jungiana, ciencia de los sistemas complejos, teoría del caos, etc.). Es incapaz de formular sus propios aportes en términos de conceptos nuevos y potentes, mas allá de pobres “canalizaciones”.

Los esotéricos de hoy parece que hemos olvidado que nuestros antecesores fueron, además de seres “espirituales”, también matemáticos, filósofos, biólogos, botánicos, políticos, ingenieros y artistas. Y con esa integración hecha en su interior sentaron las bases de nuestro tiempo. Personajes amplios como Pitágoras, Platón, Hipatia, Lullio, Von Bingen, Ficino, Da Vinci, Bruno, Kepler, Fludd, Paracelso y Blavatsky (aunque hayan pasado ya mas de 150 años del emerger de la Teosofía, y muchos de sus conceptos estén avejentados ¿Hay alguien que ahora se sumerja en ese magno compendio de la ciencia y el esoterismo de su época que es “La Doctrina Secreta”, como ejemplo de integración?).

Una disciplina que no reflexiona sobre si misma, sobre su quehacer, su historia, sus límites, sus posibilidades y sus relaciones, es una disciplina muerta. Estancada, en el mejor de los casos.