“Levántate, brilla: porque llega tu luz, y la gloria del Señor amanece sobre ti!”
(Isaías 60,1)
Este didáctico libro reflexiona acerca de la verdadera constitución humana, más allá de lo visible. Así, aunque en nuestro ser personal somos mortales, nuestro fulgor de verdad está condensado hasta las esencias.
Hasta hoy se sabe que estamos conformados por siete cuerpos.
Nuestros cuatro cuerpos básicos, es decir, físico, etérico, astral y mental, no poseen vida eterna. Cada uno de estos vehículos inferiores experimenta la muerte, y cuando volvemos a encarnar sobre la tierra regresamos con nuevas vestiduras para cada uno de ellos. Los tres cuerpos superiores son el causal (o alma), una envoltura espiritual (el adonai) y la forma de nuestra presencia invencible, la mónada.
Hasta que los cuerpos inferiores no están purificados, somos absolutamente ajenos a las frecuencias de los niveles superiores; el cuerpo físico necesita estar libre de fatigas y enfermedades, el astral (o emocional), exige el desapego de nuestros deseos y aversiones excesivos, y el mental ha de purificarse de intereses egoístas para poder ser un instrumento de armonía espiritual.
Junto al cuerpo físico, -y visible para el clarividente- se encuentra el cuerpo etérico, un duplicado exacto del físico que se ajusta a él como un guante. Es lo que conocemos como Aura.
En los planos superiores, el primero es el causal, el cuerpo de luz o alma, que es más fuerte que miles de personalidades y puede comunicarse con maestros sin que el ser personal sea consciente de ello.
El segundo es el adonai, el cuerpo espiritual, esa parte de nosotros que es divinamente prístina y pura. Es cierto que el alma señala el principio de nuestra naturaleza superior, dado que funciona durante muchas vidas con nuestro ser real, sin embargo, es éste cuerpo el que en último término pasa a ser nuestra auténtica entidad.  Sus dos atributos principales son nuestra individualidad, divina y única, y el centro de nuestra voluntad espiritual. Como se ha escrito muy poco sobre su existencia, sigue envuelto en el misterio, pero aún así se han revelado atisbos de su naturaleza: además de ser expresión de la identidad y voluntad espiritual funciona como un manantial de sabiduría. Una señal de su presencia es la aparición del aquí y ahora. Dicen, -los que ha visto- que el adonai se parece a un cristal o un diamante que refleja la luz gloriosamente trascendente y resplandeciente del Dios interior.
Finalmente, la mónada o la llama divina, es la semilla de nuestra propia divinidad latente. Es la chispa divina que todos llevamos dentro, y aunque su florecimiento está todavía a eones de llegar a su realización, su presencia aguarda mientras completamos nuestro ascenso gradual. Aunque en nuestro estado evolutivo actual su fuerza es mínima, no obstante nos une al Creador y es el principal medio de alineación con Dios el Todo.
Flower A. Newhouse y Stephen Isazc. Los Siete cuerpos desvelados. Editorial Edaf. Buenos aires, 2002