En este tiempo de Adviento les regalamos este lindo relato de una de nuestras alumnas. Ojalá lo disfruten tanto como nosotros.

LAS TRES AVELLANAS
Por Goyi Salazar

Un viajero llegó caminando a un hermoso paraje, iba buscando refugio para la noche, cuando vio cerca del
camino un caserío, entonces pensó:
– Voy a pedir refugio y espero que no les importe mi apariencia.
Tal era su preocupación dado su color de piel aceitunada y sus ropas coloridas muy diferentes al país en el que se encontraba.

Con el espíritu abierto se dirigió hacia la casa, los perros le vieron llegar pero permanecieron en calma, salió un hombre a la entrada, quien amigablemente le dijo:
-Paz y bien, pasa a nuestro hogar, comparte nuestro alimento y descansa esta noche.
-Muchas gracias amable señor-, respondió el viajero.

La familia de la casa compartió con el invitado aquello que tenían, alimentos sencillos, el fuego del hogar, y
un lugar de descanso. Al huésped, le llamaron la atención unos frutos duros que había que partir, cuyo interior, como un pequeño corazón, era realmente delicioso.

-Decidme señor, preguntó al hombre-, ¿cómo se llaman estos frutos?
-Avellanas, respondió el señor de la casa-, mis antepasados las sembraron en estas tierras, a las
que llegaron hace generaciones, pero decidme buen hombre, ¿de dónde venís?
-Vengo de tierras muy al sur, respondió el viajero, crucé el ancho Mar Azul y voy siguiendo la estrella Polaris. Unos caminantes, a los que conocí en mi tierra, me dijeron que si viajas lo suficiente hacia el Norte, llegas a un lugar en el que la luz de Dios se expande en bellos colores que llenan el firmamento.

A la mañana siguiente, antes de amanecer, el viajero se dispuso a partir, el señor de la casa le había
preparado una bolsa con pan y algunas cosas para el camino. Entonces, el viajero le preguntó:
-Decidme señor, ¿en ningún momento sentiste temor de mí? Es evidente que soy diferente a vosotros y que no me conocéis. El invierno será largo y aun así habéis compartido lo que tenéis.

El amable señor sonrío y posando una mano sobre su hombro le dijo:

-Verás-, vivimos con el corazón abierto hacia aquellos que llegan, al vivir en amor con nosotros y con lo que nos rodea, todo aquello que llega a nuestras vidas es igual, aunque externamente nos diferenciemos. Permanecemos en la fe de que cada día está cubierto, todas nuestras necesidades, las que sean, todo alcanza.

Y diciéndole esto, le dio una pequeña bolsita que contenía tres
avellanas, y añadió:
-Cuando termines tu viaje y llegues a tu hogar, plántalas cerca de tu casa en aquellas
tierras del Sur, y ofrécelas de igual manera que hago yo contigo, queda en Paz.

-Que así sea señor, gracias- dijo el viajero y emprendió de nuevo su camino.

Pensó en las palabras del amable hombre y caminó alegre, con el corazón abierto, lleno de Amor, en la Fe de que en cualquier lugar y circunstancia todas sus necesidades estarían cubiertas, al llevar su corazón lleno de gozo y buenos pensamientos, todo aquello que llegara a él sería de igual manera.

Viajó durante muchas jornadas, contempló el mar del Norte, las olas llegaban a la orilla, todas iguales, pero
cada una de ellas diferente, vio como el sol nacía día tras día, hermoso, brillante, y moría en el horizonte
para dejar paso a un firmamento lleno de estrellas. Observó cómo cambiaban los paisajes, los árboles
dejaban caer sus hojas para morir en invierno, y renacer, llenándose de flores y frutos en la siguiente
estación. Los ríos, los pájaros ponían música a la vida; y las gentes a las que conoció en su camino, el color y la risa. Llegó al Norte y observó como la luz de la aurora boreal le inundaba el corazón, con una visión
maravillosa, en un cielo de color, y sintió que él era uno con Dios.

Cuando el viaje terminó, de vuelta ya en su tierra, plantó aquellos frutos que habían estado cerca de su
corazón, parecían casi dorados. Crecieron tres avellanos y se multiplicaron.

Pasaron los años, siendo anciano se sentaba con su familia a la sombra de aquellos árboles. Un día, sitió como su pecho se llenaba de colores azules, amarillos y rosas, y una luz brillante y hermosa, lo elevaba. Supo que todo estaba bien, que la Vida son muchas vidas y el Amor, el más preciado de los dones, y la fuerza que mueve el universo.